El Mal del Cerebro

El Mal del Cerebro son dos documentales, breves, menos de 20 minutos cada uno,  directos y claros. Me han parecido completamente recomendables, más aún teniendo en cuenta que hablan sobre investigadores, médicos y pacientes españoles. Nos da una idea de en qué estado se encuentran algunos campos en nuestro país.

El primero de ellos, Cerebros Reparados, trata sobre implantes cerebrales y dispositivos controlados mediante el cerebro.

El segundo, En Busca de la Memoria, se habla de la memoria y de la forma de rastrear los trastornos que la afectan.

Absolutamente recomendables.

Anuncios

Sacks, House y la enfermedad de cupido.

Estaba leyendo el más que reseñable libro de Oliver Sacks: “El hombre que confundió a su  mujer con un sombrero” cuando encontré que uno de sus casos neurológicos me era extrañamente familiar y, seguramente, aquellos que sean asiduos a House también reconocerán los más que evidentes parecidos, e incluso alguna frase que está copiada literalmente de la obra de Sacks.

Aquellos que no conozcan a Sacks, no deberían perder la oportunidad de conocer su obra, y como muestra este caso que aquí reproduzco.

El fragmento es el siguiente (capítulo 11. La enfermedad de cupido):

Natasha K., una mujer inteligente de noventa años, acudió a nuestra clínica. Explicó que poco después de cumplir los ochenta y ocho advirtió <<un cambio>>. ¿Qué clase de cambio?, le preguntamos.

– ¡Delicioso! -exclamó-. Era muy agradable. Me sentía con mucha más energía, más viva, me sentía joven otra vez. Empezaron a interesarme los hombres jóvenes. Empecé a sentirme, digamos, <<retozona>>, sí, retozona.

-¿Y eso era un problema?

-No, al principio no. Me sentía bien, extremadamente bien, ¿por qué iba a pensar yo que pudiese haber problemas?

-¿Y después?

– Mis amistades empezaron a preocuparse. Al principio decían: <<Estás radiante… ¡Parece que has rejuvenecido!>>, pero luego empezaron a pensar que aquello no era del todo razonable. <<Tú eras siempre tan tímida>>, decían,  <<y ahora eres una frívola. Andas riéndote, contando chistes…, ¿tú crees que está bien eso a tu edad?>>

-¿Y cómo se sentía usted?

-Yo estaba desconcertada. Me había dejado llevar, y no se me había ocurrido poner en entredicho lo que estaba pasando. Pero entonces lo hice. Me dije:<<Natasha, tienes ochenta y nueve, esto dura ya un año. Siempre fuiste muy moderada en tus sentimientos,!y ahora esta extravagancia!. Eres una mujer vieja, casi al final de la vida. ¿Qué podría justificar una euforia repentina como esta?>>. Y en cuanto pensé en euforia, las cosas adquirieron un nuevo aspecto. <<Estás enferma querida>>, me dije. <<¡Te sientes demasiado bien, tienes que estar mala!>>.

-¿Mala? ¿Emotivamente? ¿Mala mentalmente?

-No, emotivamente no, físicamente. Era algo de ni cuerpo, de mi cerebro, lo que me ponía tan eufórica. Y entonces pensé: !maldita sea, esto es la enfermedad de Cupido!.

-¿La enfermedad de Cupido? –repetí, sin comprender. Era la primera vez que oía aquello.

-Sí, la enfermedad de Cupido…..la sífilis, comprende.

Es que yo estuve en un burdel de Salomónica, hace casi setenta años. Cogí la sífilis, muchas de las chicas la tenían, la llamábamos la enfermedad de Cupido. Mi marido me salvó, me sacó de allí, hizo que me la trataran. Eso fue muchos años antes de la penicilina, claro. ¿No es posible que haya seguido contigo durante todos estos años?

Puede haber un inmenso periodo de latencia entre la infección primaria y la aparición de neurosífilis, sobre todo si la infección primaria ha sido contenida, no erradicada. (…)

Pero yo no me había encontrado nunca con un intervalo de setenta años ni con un autodiagnóstico de sífilis cerebral expuesto con aquella tranquilidad y claridad.

– Es una sugerencia sorprendente –contesté después de pensármelo un poco-. Nunca se me habría ocurrido, quizás tenga usted razón.

Tenía razón; el fluido espinal dio positivo, tenía neurosífilis, eran realmente las espiroquetas las que estimulaban su córtex cerebral antiguo. Se planteó entonces la cuestión del tratamiento. Pero surgía aquí otro dilema, que planteó, con su agudeza característica, la propia señora K.

– No sé si quiero curarlo –dijo-. Ya sé que es una enfermedad, pero me ha hecho sentirme bien. He disfrutado de ella, aún sigo disfrutando, no voy a negarlo. Hacía veinte años que no me sentía tan viva, tan animada. Ha sido divertido. Pero sé muy bien cuando una cosa buena va demasiado lejos, y deja de ser buena. He tenido ideas, he tenido impulsos, no le contaré, que son… bueno, embarazosos y estúpidos. Era como estar un poco ida, un poco achispada, al principio, pero si la cosa va más lejos…

Remedó a un demente espasmódico y babeante. Luego continuó.

– Pensé que lo que tenía era la enfermedad de Cupido, por eso acudí a ustedes. No quiero que la cosa se ponga peor, eso sería horroroso; pero no quiero que me cure, eso sería igual de malo. Hasta que me asaltó esto yo no me sentía plenamente viva. ¿Cree usted que podría mantenerla exactamente como está?

Lo pensamos un rato y nuestra vía de actuación, afortunadamente, estaba clara. Le hemos administrado penicilina, que ha matado las espiroquetas, pero nada se puede hacer para eliminar los cambios cerebrales, las desinhibiciones, que las espiroquetas han causado.

Ahora la señora K. tiene ambas cosas, disfruta de una desinhibición suave, una liberación del pensamiento y el impulso, sin nada que amenace el control de sí misma, y sin peligro de una mayor lesión del córtex. Alberga la esperanza de vivir, reanimada así, rejuvenecida, hasta los cien.

– Es curioso – me dice-. Ha conseguido usted jugársela a Cupido.

Curiosamente, esta viejecita fue capaz de diagnosticarse sola, mientras que en House, la enfermedad trajo de cabeza al atípico doctor y sus secuaces.

La obra de Sacks es fascinante a la par que divulgativa, altamente recomendable para cualquiera con una mínima curiosidad sobre el cerebro, pues te introduce en el misterioso mundo de las enfermedades y alteraciones neurológicas de la forma más sencilla, cruda y desconcertante: mediante casos reales que él mismo ha estudiado o tratado. Esto da una visión de lo que él llama “dimensión humana”: cómo afecta la enfermedad o la alteración a la persona afectada, a su vida, a sus relaciones… en suma, qué significa esa enfermedad en lo que llamamos el yo.

A mí, personalmente, me gustó más su siguiente libro: “Un antropólogo en Marte”, tal vez porque es menos lírico y menos metafísico, o tal vez porque desarrolla más extensamente todos los casos, profundizando más en cada uno de ellos. En cualquier caso, no tiene desperdicio. La única pega a estos libros es que se publicaron hace un cuarto de siglo, y aunque muchos de lo que se explica sigue siendo perfectamente válido, hay campos en los que se ha avanzado espectacularmente desde entonces, por lo que este libro nos dejaría al nivel de lo que se sabía entonces.

Añado por último, por si alguien está interesado, que mañana miércoles 6 de octubre, a las 20h, se reúne el Club de Lectura de la tienda Aquí la Ciencia, en su mismo local, para comentar este libro.

Reflexión sobre el libre albedrío.

Aunque se aleja bastante de la temática habitual del blog, creo que la reflexión sobre la naturaleza y su funcionamiento y “cómo” percibimos nosotros ese funcionamiento es una parte esencial de la ciencia.

Ayer en Gaussianos publicaron un interesante artículo sobre la Paradoja de Newcomb. Hoy, continuando con dicha paradoja, han publicado una interesante reflexión de Isaac Asimov a propósito de esta paradoja. Todo esto ha llevado a plantearse el tema del libre albedrío y el determinismo, tema que me parece interesantísimo y sobre el que mis opiniones han cambiado de un lado a otro un par de veces. Mi postura actual es fruto de una reflexión propiciada por algunos de los artículos de Jesús Z. Bonilla de A bordo del Otto Neurath y a la luz de mi formación en física.

Creo que es un tema sobre el que se puede debatir mucho y en el que merece la pena pararse a pensar un poco. Por eso os dejo la respuesta que he publicado hoy sobre este tema en Gaussianos. Cualquier comentario al respecto es bienvenido y cualquier debate también. Y responded a la encuesta al menos, aunque no queráis o podáis escribir un comentario. De verdad, me interesan vuestras opiniones.

Mi reflexión:

Si se me permite, diré que la comparación entre un humano y un chimpancé es como entre una calculadora y un ordenador utilitario. Pueden hacer cosas muy diferentes, pero esencialmente funcionan bajo los mismos principios y son capaces de hacer aquello que su construcción les permite hacer. Los chimpancés y nosotros tenemos cerebros que funcionan bajo los mismos principios, pero ni ellos ni nosotros podemos rebelarnos contra su funcionamiento.

El ejemplo más simple es que algo que detestas profundamente, no te va a gustar por mucho que te empeñes. Tú no decides en gran medida tus gustos, y eso es algo que determina todas tus elecciones. Nunca habrías escrito estos post, si no te gustaran las matemáticas. Nunca has “elegido” que te gusten o no. Tal vez “elegiste” estudiarlas porque te gustaban.

Nuestras decisiones son el producto de una enorme y compleja red de interacciones en las que entran en juego nuestra capacidad intelectual, nuestras experiencias y la peculiar idiosincrasia de nuestro cerebro.
A día de hoy, predecir nuestra decisión es tan lejano como hace 200 predecir el tiempo meteorológico en un sistema complejo como la atmósfera. Pero rechazar frontalmente la posibilidad de que sea así, basándose únicamente en la experiencia cotidiana es… absurdo.
Si algo podemos aprender de la ciencia es que muy frecuentemente la experiencia cotidiana está en completo desacuerdo y francamente equivocada con los mecanismos de la naturaleza.
Y si no, comparad vuestra experiencia cotidiana con el funcionamiento de la naturaleza a nivel cuántico.

Como última reflexión. Cuando tocas algo, tu crees que lo estás tocando, pero si hacemos un zoom suficiente en la escena veremos que nuestras partículas jamás llegan a ponerse en contacto con las del objeto, las fuerzas eléctricas entran en juego mucho antes. Que sepamos cómo funciona en realidad la naturaleza no cambia nuestra experiencia cotidiana (vamos a seguir “pudiendo tocar” objetos). Pero nos enseña que no podemos creer que la experiencia cotidiana es lo más aproximado a la realidad que hay… porque es pura apariencia.

Breve Curiosidad #10: Tecnología futurista.

Hoy he encontrado este vídeo que parte de una campaña viral. Parece que no se sabe de que es, pero hay indícios de que podría tratarse de una nueva secuela del conocido Half Life.

Bueno, pero a lo que vamos. Este vídeo me ha llamado la atención por la combinación de artilugios actuales y futuristas que aparece. En especial, la conexión cerebral, que te proporciona información sobre el entorno en tiempo real.

Es algo que no es raro encontrarlo en la ciencia ficción, en especial en los videojuegos, bien en su versión de enchufe directamente al cerebro, o bien de proyección de información en el ojo. Los ejemplos son innumerables. Baste citar el ya clásico Outcast o el más reciente Ghost Recon.

Pero tal vez estemos más cerca de esa tencología de lo que creemos. Hace no mucho hablaba sobre las prótesis de última generación, que funcionaban por conexión a los nervios de la extremidad mutilada. Pero también hay trabajos en la actualidad orientados a trabajar con conexiones directas al cerebro.

En la actualidad existen  implantes tanto de oído como de paneles de microelectrodos que palían la sordera y la ceguera, respectivamente, siempre que el nervio no esté dañado. Pero ya están en fase de ensayos clínicos implantes que prescinden del uso del nervio correspondiente y se conectan directamente con las áreas del cerebro relacionadas. Esto permitiría devolver la vista o la escucha a quienes tienen el nervio dañado (y no simplemente los mecanismos receptivos).

¿Cuanto tardaremos en tener un aparatito como ése, conectado directamente a nuestra capacidad visual?

pero bueno, no me alargo más. Aquí os dejo el vídeo:

Referencias: Fusión de mente y máquina (ELPAIS)