Breve Curiosidad #35: Percepción de la religión

Yo, la verdad, pienso que esta encuesta es excesivamente “optimista”: no me parece que en España se cumplan esos porcentajes. O igual es que la gente identifica “impacto negativo de la religión” con “impacto de otras religiones”. En cualquier caso, no me parece que se haya conseguido una muestra representativa en los datos de nuestro país, así que no sé si fiarme de los demás.

Fuente:

Tony Blair and Christopher Hitchens debate religion – BBC

 

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La voluntad de los dioses

Hace ya tres semanas hablé sobre el descubrimiento de Ceres y su influencia astrológica. Y tal como prometí, voy a continuar con mi crítica a la astrología.

Uno de los argumentos que se suelen usar con mayor frecuencia para apoyar a las supersticiones es el “argumento de antigüedad”. Si algo es antiguo y fue usado por civilizaciones desaparecidas, parece darle gran credibilidad. Esto es así, tal como yo lo veo, por varias razones:

  1. Las civilizaciones desaparecidas son bastante “misteriosas” debido a la  muy limitada cantidad de conocimientos que tenemos sobre ellas. Y de estos conocimientos el público general no tiene casi ninguno.
  2. Lo antiguo suena a místico y a magia “perdida” por la influencia de la tecnología. Como entonces no tenían tecnología no existía esta limitación para tener “magia”.
  3. Lo antiguo permite plantear escenarios exóticos y románticos, que encandila a la mayoría de la gente que no tiene formación en historia.
  4. Si se usa desde tan antiguo y no ha caído en el olvido, es porque funciona.

Cuando se usa ese “argumento de antigüedad” se suelen omitir los flagrantes problemas que se derivan de la propia antigüedad de la disciplina: todo lo que ha mutado desde sus orígenes y la diferencia radical entre el significado que le damos a la luz de nuestra mentalidad y el que le daban sus culturas de origen, que tenían una mentalidad absolutamente dispar a la nuestra.

La astrología se encuentra en todas las primeras civilizaciones ya que era su forma de relacionar los eventos celestes con los terrenos. Lo interesante es que no hay dos astrologías iguales: los planetas tienen distintos significados, las constelaciones no coinciden y las influencias astrológicas nada tienen que ver entre una cultura y otra.

La cuna de la astrología occidental parece estar en las civilizaciones mesopotámicas (en lo que hoy es Irak) y el antiguo Egipto. Para estas civilizaciones los movimientos celestes no tenían que ver con “magia” tal como la entendemos ahora. Para ellos todo era obra de los dioses y la bóveda celeste tenía un significado religioso.

Los pueblos antiguos lejos de ser la panda de idiotas que habitualmente cree la gente, eran bastante listos. Fue sólo cuestión de tiempo que comenzaran a fijarse en que los movimientos del cielo tenían mucho que ver con lo que ocurría en la tierra y como estos ciclos se repetían cada cierto tiempo. Así el  clima variaba según la posición del Sol y las estrellas en el cielo, lo que se repetía periódicamente.

Las estrellas además se agrupaban en lo que ellos quisieron ver como figuras. Y a estas figuras les dieron distintos nombres y las relacionaron con sus mitos. O tal vez sus mitos surgieron para explicar su presencia en el cielo. Para ello no era casual, puesto que todo era obra de los dioses.

En el cielo el Sol, las estrellas y la Luna, seguían movimientos constantes. Cada uno el suyo propio, pero muy predecibles a partir de las observaciones anteriores. Sin embargo, los antiguos se encontraron con algo desconcertante en el cielo: los planetas.

Los planetas eran para ellos estrellas errantes. Mientras que el resto de estrellas se movían al unísono, conservando la forma de las constelaciones, estas estrellas vagaban libremente en el cielo. A lo largo de los días las veían viajar por el cielo, de una constelación a otra. Pero no eran como el Sol y la Luna, cuyo ritmo era regular. Los planetas de vez en cuando se paraban y daban marcha atrás para luego volver a ir hacia delante. Y cada uno lo hacía cuando “quería”, sin una periodicidad que ellos pudieran encontrar. A veces ocurría en una parte del cielo y otras veces en otra región completamente distinta. Lo único que tenían en común es que se movían por la misma región del cielo por la que viajaba el Sol. A las constelaciones de esa región se las conoce como Zodiaco.

La irregularidad de su movimiento sólo podía significar que tenían libre voluntad y en su mentalidad esto demostraba que esas estrellas errantes eran la manifestación de los dioses. Cada estrella era una deidad que según su voluntad y apetencia se movían hacia delante o hacia atrás.

Por tanto, podían saber de que humor estaban los dioses y por tanto si su influencia sería positiva o negativa para ciertos acontecimientos.

El rey del panteón babilónico: Marduk.

El rey del panteón babilónico: Marduk.

Igual que las deidades de Mesopotamia y Egipto se propagaron inspirando las deidades griegas (y por tanto las romanas), su relación con los astros también pasó de una cultura a otra. Así, el planeta que nosotros llamamos Venus, fue antes Afrodita, diosa basada en las versiones anteriores de la misma idea: Astarté (en Fenicia), Ishtar (en Babilonia) e Inanna (Sumer). Podríamos hablar también de Júpiter –  ZeusMarduk que comparten su posición como reyes de sus respectivos panteones.

Por tanto, los atributos de las deidades estaban implícitas en los propios planetas. Era el carácter de estas deidades lo que daba un significado a sus representaciones celestes. El relacionar a un planeta con una deidad no estaba basado en ningún tipo de observación de causalidad: si las batallas van bien y vemos que ese planeta rojo está en buena posición deducimos que debe ser el dios de la guerra. Eso sería pensamiento occidental moderno.

Su asignación se basaba sencillamente en una cuestión de mitología: Marte es rojizo: como la sangre o el mineral de hierro = Guerra. Júpiter es muy brillante, se desplaza lentamente por el firmamento “gobernándolo”, sin duda debe ser el “rey de los dioses”. ¿Y Venus? Una estrella muy brillante y hermosa: sin duda debe ser la diosa del amor y la fertilidad. Todo estaba basado en la apariencia de los planetas y lo que esta sugería a los antiguos. En resumen, es una idea cultural completamente arbitraria.

Señor astrólogo ¿usted cree que Marte es un señor con casco y escudo que viaja por el cielo mostrando su agrado o su enfado? ¿o más bien piensa que Marte es esto?

El Martes que es el día de Marte y por tanto un día consagrado a la violencia y el conflicto pondré la segunda parte de este post dedicado a “destripar” la superstición astrológica.

Breve Curiosidad #4: Supersticiones: algo completamente relativo.

Estamos acostumbrados aquí, en Occidente, a que el número 13 sea considerado de mal agüero o mala suerte. Pero casi nunca uno se pregunta sobre qué números consideran de mala suerte otras culturas.

En concreto en Japón el número 4 es considerado un número fatídico debido a que una de sus pronunciaciones coincide con la de “muerte”. Es divertido pensar que el número 4 es bastante más frecuente que el 13 en la vida cotidiana. Pero si además se añade que es un número con un significado equivalente en lo negativo al 666, pues pueden darse situaciones curiosas. Por ejemplo, nunca se hacen 4 regalos.
Más aún, el número 9 puede pronunciarse como “sufrimiento”. Por lo que es otro número del que se huye bastante.
Otra curiosidad es que en un hospital jamás verás una habitación nº 43, debido a que puede leerse literalmente como “nacimiento muerto”.

La cuestión es nada más una curiosidad pero usémosla como excusa para reflexionar: si cada cultura tiene diferentes supersticiones sobre la suerte podemos llegar a la conclusión de que no son algo universal.
Realmente no traen mala suerte puesto que la experiencia es contradictoria entre diferentes grupos. No niego que las supersticiones puedan influir en nosotros en tanto que modificamos nuestro comportamiento debido a ellas o que al simple creencia en que nos va a ocurrir algo malo nos haga terminar encontrando algo malo para relacionarlo. En cualquier caso, es algo claramente subjetivo y por tanto, sabiéndolo, sólo somos tan presos de la suerte como creamos serlo.